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Basurde Xiao Long

¨El último tren a la zona verde¨ -Paul Theroux-

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Contraportada:

 

«La literatura de viajes tiene nombre propio: Paul Theorux.»

Laura Revuelta, ABC

 

¨Hace ya una década, Paul Theroux narraba su épico viaje por tierra desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo, y nos ofrecía una visión privilegiada del África moderna. Ahora regresa para descubrir cómo han cambiado en estos años tanto él como el continente africano. Entre townships y safaris a lomos de elefantes, entre paraísos naturales, tradiciones perdidas y zonas devastadas por la guerra y la avaricia desmedida de sus gobernantes, el autor parte de Ciudad del Cabo, se dirige al norte a través de Sudáfrica y Namibia, y se adentra en Angola para tropezarse con un entorno cada vez más apartado de las rutas turísticas y de las esperanzas de los movimientos poscoloniales de independencia¨.

 

«Paul Theroux es hoy, seguramente, el escritor de viajes más afamado, reconocido y aplaudido del mundo.  […] Él último tren a la zona verde es un libro sincero y emocionado, que cautiva en cada página.»

-Mariano López, El Periódico

 

Sobre el autor:

 

¨Paul Theorux (Medford, Massachusetts, 1941) es uno de los escritores más reconocidos del mundo. El gran bazar del ferrocarril (1975, Alfaguara, 2018) lo catapultó a la fama y constituye un clásico de la literatura de viajes. En 1981 recibió el James Tait Black Memorial Prize por La costa de los mosquitos, adaptada al cine por Peter Weir. En su prolífica obra destacan títulos como Tren fantasma a la Estrella de Oriente (Alfaguara, 2010), y novelas como La calle de la media luna, Hotel Honolulu, Elefanta Suite (Alfaguara, 2008) y Un crimen en Calcuta (Alfaguara, 2011). Tras la calurosa acogida de los medios a El Tao del viajero (Alfaguara, 2012), Theroux retornó a la narrativa de ficción con En Lower River (Alfaguara, 2014) y El último tren a la zona verde (Alfaguara, 2015). Su última novela es Tierra madre (Alfaguara, 2018)¨.

 

Terminado ¨El último tren a la zona verde¨. Es un libro que me ha gustado a pesar del autor por las cosas que he aprendido principalmente sobre temas históricos de Sudáfrica, Namibia y Angola. Sobre el viaje en sí del autor, pues lo que me suelo pasar con este tipo de textos literarios: me cuesta muchísimo tragar el ego de los escritores viajeros. Intentan contarte que su viaje fue la mayor de las aventuras, haciendo pasar cosas muy normales como un ejercicio de audacia y bravura por su parte. Me ha pasado con un par de autores españoles y ahora con el Señor Theroux también. Así que este genero literario lo leo por eso, por aprender sobre la historia de los países, pero se me hace muy difícil empatizar con el escritor, ya que me da la sensación de que me intenta meter muchas trolas.

 

Ejemplo de como era mi relación lector-escritor a medida que pasaba las páginas, al llegar al siguiente extracto del texto pensé: ¨¡Vaya, mira quién habla!¨:

 

Página 148: ¨Hace decenios, los únicos libros sobre los ju/´hoansi que pude encontrar fueron las obras de Laurens van der Post, pero pronto aprendí a no fiarme de él. En 1952 había publicado Venture to the Interior (Aventura en el corazón de África, 1984), un relato de su viaje de prospección a Nyasalandia, y, cuando me fui a vivir allí, diez años y pico después, descubrí que había construido un relato crepuscular y existencial a partir de unos cuantos meses bastante convencionales, abriéndose paso con un equipo de fortachones en la región de plantaciones de té de Mlanje. Con ese libro y otros suyos me di cuenta de que era una especie de mitómano.

            En 1975 visité a Van der Post en Inglaterra con el fin de entrevistarle para una revista, y me pareció estirado y vanidoso, y no paró de contarme, sobre todo, la vida tan apasionante que había tenido, con el tono seco e imperioso de un director de escuela. Su vida, sin duda, había sido extraordinaria en muchos aspectos (prisionero de los japoneses, amigo de Carl Jung, protector de los bosquimanos), pero su relato era una sucesión de alardes malhumorados. Hacía un gesto extraño con la boca, sacando el labio inferior como si no diera crédito, con los ojos azules muy fijos y un aire severo y vagamente reacio¨.

 

El viaje del Señor Theroux por esta parte del mundo fue en 2011. Yo llevo aquí desde agosto de 2018 y sí que es cierto que Angola ha cambiado muchísimo en esos 7 años. Una de las ideas del autor a la hora de escribir es documentar la realidad que existe en ese momento, y es cierto que puede cambiar muy rápidamente en décadas. ¿Pero tanto?

 

Página 308: ¨Me sorprendió ver las amplias playas vacías. Tal vez de cerca serían tan asquerosas como la ciudad, pero, de lejos, desde la carretera en alto, parecían bañadas por olas, limpias y desoladas. En Luanda conocería a un joven diplomático portugués, muy deportista, que me contó que la mayoría de los fines de semana bajaba por la costa para hacer surf allí, en Cabo Ledo y Cabo de São Brás. Siempre estaba solo, nunca veía a otros surferos¨.

 

Cabo Ledo en la actualidad es un popular destino surfero. De hecho un grupo de profesores de mi escuela van allá todos los fines de semana. Recientemente vi anunciado –hace un mes o así- una competición de surf allá. Es cierto que no hay muchos, pero haylos.

 

Página 313: ¨(veía más Hummers gigantescos y carísimos cualquier día en Luanda que los que podía ver en un mes en Estados Unidos)¨.

 

En algo más de un año todavía no he visto ningún Hummer por aquí. ¿Quizás los había hace 8 años?

 

Hablando de Namibia cuenta su gran odisea para llegar hasta Tsumkwe. En marzo con otros tres colegas llegamos en un 4x4 alquilado hasta allá sin mayores problemas, de hecho disfrutando bastante de la carretera. Visitamos uno de los museos vivientes de los bosquimanos y leer sobre la historia de este pueblo sí que me pareció muy interesante:

 

Página 133: ¨Tsumkwe había sufrido el abandono e incluso el olvido del gobierno namibio, pese a que dos ministerios –agua y agricultura- tenían oficinas cerca del cruce de carreteras. Por ese motivo y por su pobreza y sus necesidades, Tsumkwe se había convertido en una causa para la industria de las buenas obras, en la que, durnate unos días, yo iba a tener un papel activo. La intromisión de los extranjeros en la vida diaria de los africanos era el tipo de cosa que yo siempre había criticado. Los noruegos llevaban haciéndolo treinta años, enviando dinero y elaborando caros y sesudos estudios autofinanciados sobre las dificultades y los objetivos de la población local.

            Y esa fue una lección para mí, porque mi primera impresión de Namibia, desde la frontera hasta Windhoek y la costa, había sido que era un lugar que no necesitaba que nadie de fuera contara a la gente cómo vivir su vida, que los namibios eran un auténtico ejemplo de desarrollo y decoro. Pero era un juicio precipitado, antes de cruzar la Verja Veterinaria¨.

 

Página 166: ¨Después de la anacrónica Los dioses deben estar locos –que enfureció a los antropólogos-, John Marshall comparó el estereotipo de los ju/´hoansi con la imagen convencional del piel roja en Hollywood. Hace casi treinta años, escribió: «Una de las [ideas equivocadas] más simples y peligrosas es la frecuente convicción de que, en algún lugar del Kalahari, los bosquimanos siguen viviendo sin problemas y en paz de la caza y la recolección. El peligro es pensar que ese pueblo mítico puede y quiere continuar con su vida antigua y asilada» (John Marshall y Claire Ritchie, Where Are the Ju/´wasi of Nyae Nyae?). Es un proceso de confusión que denomina «muerte a manos del mito», el título de uno de sus últimos documentales. Es el mito de que siguen siendo cazadores recolectores, que pueden volver a vivir así y vivir bien. «El mito es inherente a nuestras ideas sobre los bosquimanos.»

            El modo de vida tradicional desapareció hace mucho. Un ju/´hoansi nacido con posterioridad a 1950 no sabrá nada o casi nada de cazar y recolectar. «El ciclo de conocimiento se interrumpió.» Aparte de unos cuantos que se permiten ser reclutados para la farsa coreografiada que presencié, la gran mayoría quieren llevar una vida como la de los demás, ir a la escuela, trabajar, vivir en un lugar estable y seguro y no tener que depender nunca más de la inseguridad de la sabana. Han ido yéndose a la ciudad, donde el trabajo manual, aunque sea con una pala, es más fácil que cazar. En Tsumkwe había algo de asistencia del Estado, y habían instalado la nueva clínica para ocuparse de las nuevas enfermedades¨.

 

Página 167: ¨El mito de los bosquimanos ha inspirado los planes de las ONG que intentan ayudarles. Sobre todas esas organizaciones benéficas (la más visible era el programa de los Museos Vivientes) que se dejaban invadir, como yo, por el sentimentalismo, la nostalgia de los días «antes de la caída», Elizabeth Marshall Thomas hizo un comentario inteligente: «Estas organizaciones no tienen más remedio que llevar a cabo sus misiones –escribió en The Old Way-. No es extraño que quieran salvar el Nyae Nyae tradicional, un lugar en el que una población indígena ocupó un ecosistema durante treinta y cinco mil años sin arruinarlo. ¿Quién no desearía la supervivencia de un modo de vida que logró eso?» Pero añadía: «El mito era pensar que era lo que querían los ju/´hoansi»¨.

 

Página 111: ¨Conservo mi pasaporte alemán –señalando la calle, como si señalara a todos los demás alemanes, añadió-: Ellos también. No hay namibios en este país. Hay hereros, damaras, oshiwambos, afrikáners, básters; eso es lo primero que dicen, si se les pregunta. Después dicen: «Ah, sí, y también soy namibio»¨.

 

Una de las cosas que me suele alegrar cuando leo un libro es encontrar la razón por la que se le ha titulado de cierta manera. En este en concreto menciona un par de veces a que se refiere con ¨la zona verde¨:

 

Página 236: ¨-Pregunta a ese hombre dónde estamos –dije, señalando al tipo del bar-. ¿Qué pueblo?

            Se lo preguntó y el hombre se lo explicó. Gilberto transmitió:

            -No hay pueblo. Estamos cerca de Uia. El mercado grande y la gasolinera están en Xangongo.

            -Zona verde –dijo Camillo.

            Esas palabras las comprendí, y me gustaron como eufemismo para hablar de la sabana. Zona verde –todo lo que no era una ciudad –resumía el África que amaba¨.

 

Página 334: ¨El día de la llegada del primer ministro portugués desde Lisboa para pedir dinero a Angola con el fin de rescatar su economía en bancarrota, Kalunga me llevó en su moto a la estación de tren de Luanda, en un lugar llamado Viana. Preguntamos los horarios de los trenes a Malange y el precio. Dos trenes semanales, billetes baratos, un viaje sencillo.

            -¿Estás seguro de que quieres hacer esto? –preguntó en tono de broma.

            -No. Quiero pensármelo.

            -Tal vez el último tren a la zona verde¨.

 

Sobre la historia de Angola he aprendido bastantes cosillas interesantes:

 

Página 227: ¨Esto sucedió ocho veces, y Camillo, que me había parecido una persona irritante y mal conductor, iba encogiéndose a un tamaño cada vez más patético y vergonzoso, más cobarde y más pobre con cada enfrentamiento. En Angola, el soborno es una forma de vida: la pequeña intimidación en la carretera de tierra del sur no es más que un reflejo de los sobornos millonarios que exigen los ministros del gobierno a las compañías petroleras y a las concesionarias de oro y diamantes. Un soborno no proporciona nada más que una vaga garantía de que te van a dejar pasar, es más parecido a una cuota de ingreso o un peaje que a un pago de servicios. En cualquier país, encontrarse con sobornos en una carretera secundaria es un claro indicio de que el Estado entero está corrupto y el régimen es una tiranía de ladrones, como lo es Angola desde que obtuvo la independencia hace treinta y cinco años y seguramente desde antes, puesto que el gobierno colonial portugués también era un modelo basado en la extorsión¨.

 

Página 238: ¨La imagen de Angola no solo consistía en el pueblo horroroso y el barrio de chabolas, sino también en las ruinas de un paisaje maltratado, los restos de la deforestación y los campos cubiertos de tanques carbonizados, los ríos que parecían envenendados, negros y tóxicos. Ho no se veía ni un solo animal más que alguna vaca o algún perro encogido. En la mayor parte del sur de África, por lo menos se veían pequeños antílopes o gacelas que saltaban a lo lejos sobre sus patas esbeltas. Los impalas estaban presentes en todas partes, y era casi imposible imaginar una extensión de sabana sin esos animales. Y donde había pueblos, había siempre carroñeros, hienas o babuinos.

            Sin embargo en toda Angola no había animales salvajes. Una consecuencia de las décadas de guerra civil era que los animales que no había devorado una población hambrienta habían saltado hechos pedazos por las viejas minas abandonadas.

            El exterminio de la fauna salvaje había sido total. De vez en cuando, una mina destrozaba a unas vacas que estaban paciendo, igual que a niños que jugaban o a personas que decidían atajar atravesando un campo¨.

 

Página 254: ¨En cuanto a que Portugal fuera práctico, hay que decir que Angola fue el único país africano que empezó su existencia colonial como asentamiento penal, la versión portuguesa de Siberia, su cárcel¨.

 

Página 256: ¨Eso fue antes de que subiéramos al planalto –el frío altiplano meridional- y llegáramos a las primeras afueras de Lubango, los barrios de chabolas y casas de bloque de cemento, las chozas y los vendedores callejeros, las zonas ocupadas que carecían de vegetación y –a falta de combustible- habían destruído sus bosques para emplear la leña. La ciudad estaba rodeada de barrios marginales. En Angola, este tipo de barriadas se llaman musseque, « tierra roja», por el suelo arenoso sobre el que solían construirse las chabolas, una palabra que además denota un lugar estéril y asolado, un terreno baldío. En las musseques de Lubango no quedaba un matorral ni una brizna de hierba, solo kilómetros y kilómetros de gente.

            Pensé: «Ya he estado aquí».

            Otra ciudad africana, otro espanto, más caos, luces deslumbrantes, muchedumbres en las calles, la pestilencia de la tierra y las emisiones de diésel, las vallas rotas, las tiendas destruidas, las barras de hierro en los escaparates, los niños peleándose, las mujeres sobrecargadas, y nada que sirviera de alivio¨.

 

Página 292: ¨La gran ironía –por no hablar de farsa- de los derechos humanos en Angola era que uno de los primeros presos de conciencia seleccionados por Amnistía Internacional cuando se fundó, en 1961, había sido el doctor Agostinho Neto, nombrado «preso político del año» porque los portugueses lo habían encarcelado. Después de salir de la prisión, neto llegó a ser el primer presidente de Angola, y pronto fue él quien empezó a encarcelar a sus oponentes, que se convirtieron, a su vez, en presos de conciencia. Entonces Amnistía se encontró con la paradójica situación de tener que pedir justicia para las víctimas del hombre al que con tanto éxito había defendido. Se lo conté a los alumnos del instituto, pero no parecieron muy impresionados y respondieron, sin demasiado interés y probablemente con razón, que en Angola habían sucedido cosas peores¨.

 

Página 298: ¨David Livingstone no solo atravesó el continente, dos mil cuatrocientos kilómetros a pie en seis meses, y llegó a Luanda en 1854, sino que además se negó a abandonar a sus hombres, los makololos que le habían servido de porteadores y guías. La razón no explícita era que seguía necesitándolos, y por eso, en lugar de aceptar un sitio en un barco, dio media vuelta y regresó a pie hacia el este, hasta la costa de Mozambique, y en el camino describió, situó en el mapa y nombró las cataratas Victoria¨.

 

Página 314: ¨Siempre fue una ciudad de desesperación y exilio. Nadie iba a Luanda por placer. A los criminales exiliados les siguieron traficantes de esclavos, y luego traficantes de caucho y marfil, como los belgas del rey Leopoldo en el vecino Congo. Cuando el comercio de caucho y marfil decayó, Angola volvió a la trata de esclavos y después vinieron los trabajos forzosos. Pero nunca se mencionaban esos comportamientos tan crueles. Si se le pide a cualuqier portugués que explique la relación de su país con Angola, ofrece una versión de lusotropicalismo y cuenta que los portugueses tenían una afinidad natural con la gente oscura de eses tierras cálidas y soleadas. Sin embargo, la realidad fue que Portugal, después de imponerse en el país, no mantuvo ninguna relación social ni cultural con Angola. Un pequeño ejemplo: no permitieron que sonara música angoleña en la radio nacional –la única emisora del país- hasta 1968¨.

 

Página 315: ¨Angola fue la plasmación de la frase de Rebecca West en Cordero negro, halcón gris: «A veces es muy difícil saber la diferencia entre la historia y el olor de una mofeta».

 

Página 327: ¨Kalunga mencionó una gran batalla en 1994, el cerco de Cuito Cuanavale, en el sur, una ciudad en manos de soldados angoleños y cubanos que fue atacada por columnas acorazadas del ejército sudafricano. Tras cuarenta días de bombardeos, de carros de combate soviéticos contra aviones de combate Mirage, el resultado fue la muerte de más de cincuenta mil personas y la derrota de los dos bandos, puesto que el sanguinario enfrentamiento acabó en tablas. Había oído denominarla «el Gettysburg de Angola» y «el Stalingrado de Angola».

            -Fue la mayor batalla convencional librada en cualquier lugar del planeta desde la Segunda Guerra Mundial –dijo Kalunga-, y esos chicos angoleños a los que has visto no tienen ni idea de qué ocurrió. Todavía hay minas en Caxito –cien kilómetros al norte de Luanda- que hacen saltar por los aires a campesinos, pero no parece importarle a nadie. La gente va a lo suyo. Son otros los que las desactivan, organismos extranjeros¨.

 

Cuito Cuanavale lo tenía ya en la agenda. Había mirado ya como ir y vuelos directos desde Luanda no hay, solo llegan hasta Menongue, a unos 190 kilómetros. El problema es que la combinación no es demasiado buena, solo hay vuelos los lunes y los viernes. Así que tengo que planificarlo en alguna vacación ya que en ninguno de los puentes que tenemos cuadran las fechas.

 

Sobre el tema de las minas en Angola tomé un par de extractos de este libro para escribir esta entrada previa en mi blog.

 

Y, ¡gran sorpresa! Llegado a la página 324 descubrí que el autor había visitado mi colegio, Luanda Internacional School. Ver lo que escribió aquí. En otra entrada he copiado esos fragmentos, y los he buscado también en la edición en portugués y en la original en inglés. Algunas cosas permanecen igual, otras las lees y piensas ¨¿así era esto hace solo 8 años?¨. Hoy he estado hablando con Alí, un profesor de Educación Física canadiense que lleva desde antes de 2011 por aquí y le he preguntado si recuerda esa visita del autor. Me ha dicho que sí, que sí que se acuerda que estuvo en el colegio.

 

Sobre las ayudas internacionales a África de gobiernos y ONGs expone ideas interesantes.

 

Página 93: ¨En todos los casos los donantes proceden del lejano Estados Unidos, son intérpretes profesionales, novicios en África, y parecen extrañamente eufóricos, asombrados y ensordecidos por el poder que les da su dinero, porque el dinero no puede comprar convicciones ni obediencias en Hollywood como lo hace en África. Estas estrellas exteriorizan sus preocupaciones en público, y sus buenas obras adquieren la categoría de representación, como niños gigantes que ponen dinero en las manos tendidas de un mendigo y fingen ignorar el aplauso. Es como si hubieran decidido demostrar que una persona en una profesión tan superficial y manipuladora es capaz de tener conciencia.

            ¿Sirven de algo estas buenas obras improvisadas? La historia hace pensar que no, que los países empeoran debido a ellas. Muchos economistas africanos, entre ellos Dambisa Moyo, de Zambia, y el keniano James Shikwati, afirman, con argumentos convincentes, que la mayor parte de la ayuda es perjudicial. En su libro sobre la ayuda exterior a África, Cuando la ayuda es el problema, Moyo declara que el dinero que han recibido los países africanos desde finales de los años cuarenta, un billón de dólares (800.000 millones de euros), ha desalentado a los inversores, ha inculcado una cultura de dependencia y ya engendrado corrupción, todo lo cual ha dificultado el crecimiento y retrasado las economías nacionales¨.

 

La San Miguel angoleña es Cuca, es la cerveza más popular, la marca nacional. No sabía que se trataba de un acrónimo:

 

Página 333: ¨-La cerveza Cuca –dijo una mujer-. Le voy a decir de dónde viene Cuca. Com um coraçao angolano, con un corazón angoleño¨.

 

Otra aportación, ¿sabías que la marca deportiva ASICS es también un acrónimo? nima Sana in Corpore Sano

 

Aquí un par de extractos del Señor Theroux como viajero:

 

Página 116: ¨Yo nunca buscaba problemas y tendía a escoger el camino más fácil, si bien en África hasta el viaje más sencillo puede ser complicado para alguien que viaja solo. No me gustaba nada correr riesgos, trataba de evitarlos, pero a veces era imposible. Al ir solo, siempre tenía problemas que resolver. No tenía coche, de modo que dependía del transporte público. No hacía planes con demasiada antelación, por lo que siempre andaba necesitado de una habitación de hotel o una comida a última hora. Por eso a veces tenía que dormir en el autobús, o no dormir en ningún sitio, y de vez en cuando me quedaba sin comer. Pero no podía quejarme de esas situaciones fastidiosas en unos países en los que tanta gente era indigente y dormía bajo los árboles y vivía largos periodos sin probar bocado. Yo no soy capaz, por naturaleza, de establecer redes de contactos ni buscar personas concretas, así que siempre dependo de los encuentros casuales, la suerte, la amabilidad de los desconocidos¨.

 

Página 191: ¨Caminé una hora y luego volví por una ruta distinta y me dispuse a esperar a que pasara el fin de semana. Una vez más, uno de esos interludios vacíos en el viaje, un retraso sofocante y poco fructífero, en el que no hay nada más que una sensación creciente de soledad e incertidumbre, un ensombrecimiento de las perspectivas, la condición de extranjero con todas las sospechas que eso despierta¨.

 

Para terminar, una frase interesante:

 

Página 206: «El único queso gratis es el de la ratonera».

 

Y una anécdota bien triste:

 

Página 110: ¨-Entonces, el gobierno envió a mis padres un decreto de expulsión –contó Pierre-. Fue alrededor de 2000. «Si no os vais…»

            Su madre le llamó a Sudáfrica –donde ahora, después de sus años de turbulencia, gobernaba Nelson Mandela- y le pidió que fuera de inmediato a ayudarles a hacer las maletas. Habían perdido la granja, la casa, las cosechas, expulsados sin compensación: un ministro importante del gobierno de Zimbaue iba a quedarse con todo.

            -Fui –dijo Pierre. Respiró hondo y fijó la vista a media distancia-. La imagen que no puedo olvidar, la cosa más triste que he visto en mi vida, fue mi madre, el día que iba a dejar su casa para siempre, de pie, con una manguera en la mano, regando su jardín. Consciente de que no iba a volver a verlo nunca. Allí de pie, en aquel día soleado, regando flores¨.

19/09/2019 18:47 basurde Enlace permanente. Libros

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