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Basurde Xiao Long

Libros: Eva (Serie Falcó) –Arturo Pérez-Reverte-

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Terminada la segunda entrega de Falcó, Eva.

 

Dice así la contraportada:

 

¨Marzo de 1937. Mientras la Guerra Civil sigue su trágico curso, una nueva misión lleva a Lorenzo Falcó hasta Tánger, turbulenta encrucijada de espías, tráficos ilícitos y conspiraciones, con el encargo de conseguir que el capitán de un barco cargado con oro del Banco de España cambie de bandera. Espías nacionales, republicanos y soviéticos, hombres y mujeres, se enfrentan en una guerra oscura y sucia en la que acabarán regresando peligrosos fantasmas del pasado¨.

 

¨Tras el éxito internacional de Falcó, realidad y ficción vuelven a enlazarse magistralmente con el talento literario de Arturo Pérez-Reverte en esta asombrosa novela de lectura fascinante¨.  

 

Sobre el autor:

 

¨Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena, España, en 1951. Fue reportero de guerra durante veintiún años. Con más de quince millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, varias de sus novelas han sido llevadas al cine y a la televisión. Hoy comparte su vida entre la literatura, el mar y la navegación. Es miembro de la Real Academia Española¨.

 

Otro exitazo de Reverte. Os dejo a continuación fragmentos que me han llamado la atención:

 

¨Cuando te adentras en el corazón de una mujer,

te expones a un peligroso viaje¨.

-Hans Hellmut Kirst, Richard Sorge-

 

¨-¿Lleva usted algún arma más?

-Mis manos. Pero sobre ellas nada pueden decir los funcionarios de aduanas¨.

-W. Somerset Maugham, Ashenden-.

 

¨Fumaron mientras llegaba la cena. El dolor de cabeza de Falcó había desaparecido. Brita hablaba de su trabajo, del éxito de la taquilla, del contrato para la nueva revista que se pondría en cartel de allí a un par de meses. De un proyecto cinematográfico que le habían ofrecido. Falcó seguía la conversación con aire interesado y cortés, mirando todo el tiempo a los ojos de la mujer con aparente atención; formulando en los momentos precisos, como si de cumplir con un guión se tratara –y eso era, a fin de cuentas-, comentarios adecuados o preguntas oportunas. Uno de tus más perversos encantos, le había dicho en cierta ocasión el Almirante, consiste en que sabes escuchar como si lo que te dicen resultara decisivo para tu vida y tu futuro. Lo más importante del mundo. Y cuando al fin la víctima advierte el truco, es demasiado tarde, porque ya le has robado la cartera o dado un navajazo en la ingle. O, si es mujer, te has metido en su cama¨.

 

¨-Eh –dijo.

Su aliento olía a whisky inglés de buena calidad y malas consecuencias. Se detuvo Falcó un instante. El individuo era casi un palmo más alto que él.

-Dígame, amigo.

-No soy su amigo –masculló el otro-. Y le voy a partir la cara.

Suspiró Falcó, resignado. Casi conciliador.

-Me asusta usted –dijo.

Después siguió su camino tras la mujer, que se alejaba. Cogieron el abrigo de ella y el sombrero de él en el guardarropa –Falcó iba a cuerpo- y salieron a la calle¨.

 

¨El otro le dirigió una mirada torva. Parecida, pensó Falcó, a la que debía de tener mientras uno de cada diez detenidos e interrogados por él –ese era el rumor estadístico que circulaba sobre el capitán Vasco Almeida, feroz anticomunista- se le moría en las manos, entre alaridos, o se arrojaba de modo espontáneo por la ventana. Después el portugués miró brevemente alrededor, sombrío.

-Esta mañana –dijo bajando la voz- mi presidente Salazar me la trae floja.

Hizo una pausa y dio una chupada tan larga al cigarrillo que casi lo consumió.

-Además –añadió-, mi gobierno sigue sin reconocer al tuyo.

Falcó permanecía inmóvil, observándolo con expresión amistosa.

-¿Y qué quieres de mí?

Movía Almeida la cabeza.

-Una guerra civil para cambiarle el color a una bandera es mucha guerra. Los españoles estáis majaras. Lleváis veneno en la leche.

-No me encajan tantos plurals –sonrió Falcó-. ¿A quién te refieres?

-Da igual. A los rojos y a los fascistas –el policía suspiró mirando el cigarrillo, malhumorado, como alguien a quien le discutieran una evidencia-. Como ya no podéis jodernos a los portugueses, ahora os dedicáis a joderos entre vosotros… Siempre necesitáis a alguien a quien joder¨.

 

¨Un camarero de cabello entrecano acudió en el acto, obsequioso.

-Quédese el cambio.

-Gracias, señor.

-Y arriba España.

Lo miró confuso el otro, intentando establecer si aquello era provocación o simple guasa. Era difícil relacionar a Falcó con quienes paseaban por la ciudad con pistola y correaje, camisa azul o boina roja, llevándose la mano a la visera de una gorra o alzando el brazo en saludo falangista. Para los ojos escarmentados del camarero, aquel individuo apuesto, vestido con elegante traje de color castaño, corbata de seda y pañuelo asomando por el bolsillo superior de la americana, no encajaba en el perfil patriótico a la moda.

-Arriba, claro –respondió prudente, tras un breve titubeo.

Quizá había visto encarcelar o fusilar a compañeros menos precavidos. El gato escaldado, pensó Falcó, hasta del agua fría huye. Observando la cautela del camarero, se preguntó cuántos rencores de clase habría acumulado aquel veterano de chaquetilla blanca en años de servir vermut a señoritos sevillanos o clientes con dinero. También se preguntó si conservaba el trabajo y la vida, casi ocho meses después de la sublevación militar, por haber roto a tiempo un carnet sindical y vitoreado oportunamente al bando ganador. Quizá hasta había delatado a alguien, que era la forma más sencilla de asegurarse uno mismo en una ciudad como aquélla, donde la represión nacionalista en los barrios obreros y en los círculos republicanos había sido brutal: tres millares de fusilados desde el 18 de julio. Y es que Falcó no podía evitarlo. Siempre que se cruzaba con un superviviente –de algo, de lo que fuera-, se preguntaba qué clase de bajeza habría cometido para sobrevivir¨.

 

¨-(…) Aquí todo cristo conspira, calumnia y delata para situarse bien… ¿Crees que así hay forma de ganar una guerra?

-Peor lo tienen los otros, señor. Socialistas, comunistas, anarquistas…

-Lo mejor de cada casa, sí. Y los rusos dando por saco. Una república con cada uno de su padre y de su madre… Y es que sólo se puede ser liberal en Inglaterra y republicano en Suiza. Si lo nuestro es un drama, lo de los rojos es un sainete. De Arniches.

-Es que ésos fusilan sin método, Almirante. Al buen tuntún. No como nosotros, que ponemos sacerdotes para salvar las almas.

-No te pases –una mirada feroz-. Cierra el pico.

-A la orden.

-Estoy de tus chistecitos tontos hasta los huevos.

-Lo siento.

-Tú que vas a sentir –el otro había sacado el reloj de un bolsillo del chaleco-. Invítame al aperitivo, anda. Que es la hora.

-Siempre invito yo, señor –protestó Falcó.

-Te pago bien, así que es lo de menos. Invitarme a una manzanilla.

-Dicho con todo respeto, Almirante, gasta usted menos que los rusos en catecismos.

-No veo el respeto por ninguna parte.

-Iba en metáfora.

-Métete las metáforas por el ojete.

-A la orden.

-Yo ahorro para la jubilación, y tú eres joven –una risa entre dientes-. Además, es probable que no te jubiles nunca. Te matarán antes.

- Negativo, señor. No pienso dejarme.

-Nadie se deja. Y ya ves.

Dicho eso, el almirante canturreó en falsete cuatro estrofas de una copla:

 

La vida del bandolero,

saltar tapias y bardales,

dormir en camas ajenas,

morir en los hospitales.

 

-Me encanta su delicadeza, señor –dijo Falcó-. Repito, es usted mi padre.

Soltó el otro una carcajada guasona.

-Que me invites, te digo. Es una orden. Lo que se han de comer los gusanos, que lo disfruten los cristianos. O sea, yo. Para eso me trajino a Domínguez con tus notas de gastos.

-Bonito refrán, el de los gusanos. ¿Es gallego, de su pueblo?... ¿De Betanzos?

-Yo qué coño sé. Me lo acabo de inventar¨.

 

¨Había un timbre de admiración en su tono. Quizá hasta de afecto.

-Vives a tus anchas –concluyó- en lo que los griegos detestaban: la incertidumbre.

Falcó miró su copa con indiferencia. Aquella clase de reflexiones se las dejaba al Almirante. Alguna vez había leído en algún sitio, de pasada, o tal vez se lo oyó decir a alguien, que el análisis excesivo de las cosas acababa por alterarlas o destruirlas. Empezabas analizando lo de matar o no matar, morir o seguir vivo, y terminabas usando profilácticos con una mujer como Brita Moura. Y eso, o lo que simbolizaba, era imperdonable. Para Falcó, el mundo era un lugar sencillo: un equilibrio natural de adrenalina, riesgos, fracasos y victorias. Una larga y excitante pelea. Una breve aventura entre dos noches eternas¨.

 

¨-No me gusta –concluyó.

-A mí tampoco, pero no hay otra.

-¿Y qué opina Tomás Ferriol?

-Él no se mete en esas cosas. Le da lo mismo jota que bolero¨.

 

¨Falcó ignoraba lo que llevaba su perseguidor en las manos o los bolsillos, y no era cosa de dar facilidades. De llevarse un navajazo en la tripa, por las buenas. Con un tajo en la femoral –puñalada del torero, la llamaban los habituales- no había torniquete posible, ni presión que lo tapara. Era un hola y un adiós. Y no su final favorito.

Al fin escuchó pasos, ya muy cerca de la esquina. Tres metros, dos, uno. La bolita saltaba por las casillas de la ruleta en movimiento. Estaba a punto de salir el número: rojo o negro, par o impar. Viejas sensaciones. Un día perderé, supongo, y me vaciarán sin piedad los bolsillos o el pellejo, pensó fugazmente antes de olvidar esa imagen y concentrarse en lo que hacía. Mejor no distraerse¨.

 

¨-Ahora que lo pienso, no sé si fumar kif te sentará bien.

-Me sienta de maravilla.

La llama de su encendedor le iluminó las facciones duras. La máscara cotidiana. Inhaló una bocanada profunda, llenándose los pulmones de distancia respecto al mundo y a sí mismo¨.

 

¨-¿No tienes suficiente?... ¿No tienes miedo de que te maten?

Sonrió él, sin palabras, aspirando el humo de nuevo.

-No, no lo tienes –concluyó Moira-… Siempre fuiste de esos que creen saber cuándo llegará el momento de dejar de beber, dejar a una mujer o dejar la vida… y a veces se equivocan.

-Bonita frase.

-La leí no sé dónde. O lo mismo no la leí. Igual es de Clive, mi difunto. O mía… O tuya¨.

 

¨-saber que la vida –dijo muy despacio- es una broma de mal gusto, llena de azares, enemigos y payasos que saltan con su resorte al abrir la caja, es lo único que proporciona temple suficiente para burlarse de todo (…)¨

 

¨-No podéis hacerlo… Tengo familia… Tengo una familia…

Todos tienen algo, pensó Falcó: hijos, una esposa, una madre. Todos tienen a alguien por quién vivir. Todos creen ser necesarios, y eso los hace más vulnerables todavía. A fin de cuentas, es un privilegio pasar por la vida sin otros afectos. Sin nada que perder. Pasar como yo lo hago, hasta que llegue el momento de que un Paquito Araña, sea quien sea, se incline a su vez sobre mi espalda. Llegar hasta la orilla oscura sin otras posesiones que las necesarias para sobrevivir hasta entonces en campo enemigo. Sin otros bienes que mi sable y mi cabello.

Una vez, de jovencito, Falcó había leído aquello en un libro de aventuras, y le gustaba. No lo había olvidado nunca. Su sable y su caballo¨.

 

¨No le cabía la menor duda de que el mensaje que estaban a punto de transmitir llegaría de forma simultánea a manos del Almirante y a manos de su rival político. En el sucio mundo de los espías, todos mojaban en la misma salsa. Aquel chico era tan peligroso como cualquiera¨.

 

¨Al terminar, sacó la pitillera y se puso un Players en la boca. Villarrubia señaló el cigarrillo.

-¿Puedo hacerte una pregunta?

-Depende.

-¿Por qué los enciendes siempre por el lado opuesto?

-Para quemar la marca, y que no se quede en la colilla. Pueden identificarte por cosas como ésa.

El joven lo contemplaba, admirado.

-Joder –dijo¨.

 

¨Lo miró largamente, con extrema fijeza. Parecía considerar si valía la pena prolongar aquella parte de la conversación.

-La democracia es una forma camuflada del capitalismo, y el fascismo, su forma declarada –dijo al fin-. La paradoja es que para luchar contra ellos hay que vivir entre ellos… ¿Comprendes?¨.

 

¨Volvería a Moscú, a Valencia, a donde la enviaran sus jefes y su propia fe racional, fría e intolerante. Revestidos de esa fe, los hombres y mujeres como ella no malgastaban sus últimos minutos interrogando al Padre sobre por qué los había abandonado¨.

 

¨-Que le eches el guante y lo traigas a este lado de la frontera.  Queremos conversar con él.

-¿Secuestrado?

-Los adjetivos son cosa tuya.

Relucieron los colmillos depredadores, húmedos de hupa-hupa.

-¿Cuándo me voy?

-Ayer.

-Sólo llevo dos días en Salamanca.

-Pues ya son demasiados –el Almirante probó su copa y pareció complacido-. Después de tu desastre en Tánger, no sé cómo tienes el cuajo de pasearte por aquí.

-No salió tan mal, señor. Hice lo que pude.

-Pues pudiste bien poco.

-Es la ruleta de la vida –golpeó suavemente con un dedo el cigarrillo sobre el cenicero-. Ya lo dice el tango… A veces se pierde, y a veces se deja de ganar.

-¿El tango?

-Claro. Ese de Gardel, ya sabe.

Tatareó unas notas. El ojo sano del Almirante lo perforaba, asesino.

-Un día te voy a dar yo a ti tango. En una trinchera de la Ciudad Universitaria, con una manta llena de piojos y un Mauser. A ver si distingues un tango de una guerra.

-Hombre, Almirante. En realidad, Gardel…

-Que cierres el pico, coño.

-A la orden de vuecencia.

-Exacto¨.

 

El final de la novela asigna a Falcó una nueva misión, esta vez en Biarritz, buscando a un tío de pasta vinculado al PNV. No le auguro un buen futuro al jeltzale, ya lo veremos…

 

Todos los lunes me meto en el XL Semanal a leer lo que el Gran Maestro tiene que contarnos en su Patente de Corso. Y casualmente esta semana hablaba de Tánger, de la novela Falcó, y de los escenarios que han dado vida a diferentes obras literarias. (¨Regreso a Tánger¨). 

 

17/11/2017 04:00 basurde Enlace permanente. Libros

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