Libros: ¨Mentira¨, de Juan Gómez-Jurado
Este verano ha tocado operación de rodilla, del tendón rotuliano (15 de junio).
Para que llevara mejor la inmovilidad, mis primos Eli y Dudu me regalaron ¨Mentira¨, la última novela de Juan Gómez-Jurado.
La contraportada dice así:
¨Mi trabajo es mentir, pero contigo no voy a hacerlo.
Respeto demasiado tu inteligencia.
O quizás es el miedo a la muerte inminente lo que hace que te diga la verdad.
A ti no voy a mentirte, aunque vas a observarme mentir a otras personas.
Te garantizo que no has visto nunca nada igual.
NO ME LLAMO EVA RAMOS.
TÚ VAS A LLAMARME ASͨ.
Sobre el autor:
¨Juan Gómez-Jurado (Madrid, 1977) es periodista y autor de varias novelas de gran éxito, traducidas a cuarenta lenguas. Las obras sobre el universo de Antonia Scott (El paciente, Cicatriz, Reina Roja, Loba Negra y Rey Blanco, todas ellas publicadas en Ediciones B) se han convertido en el mayor fenómeno de ventas del thriller español y han consagrado a su autor como uno de los máximos exponentes del género a nivel internacional. Actualmente colabora con varios medios y es cocreador de los podcast Todopoderosos y Aquí hay dragones¨.
La verdad, teniendo más tiempo es cuando menos leo.
Durante el curso tengo la rutina de leer todas las noches. En verano, entre una cosa y otra pongo esa costumbre en pausa. Esto para decir que no he logrado finalizar el libro, me he quedado en la página 577 de 675 (85%).
Hay cosas interesantes, otras que se me han hecho bastante monótonas.
El libro es un tocho y tocaba volver a Kuala Lumpur. No estaba loco por ver dónde acababa la historia así que finalmente se ha quedado en Vitoria.
Como suele ser costumbre, he ido apuntando algunas citas. Pero no me ha dado tiempo a transcribirlas, únicamente he apuntado esta sobre luciérnagas, al hilo de esta entrada en mi blog:
¨La historia de los Senda, señoría, es de agua y de luz. Ellos dicen que todo comenzó en el año del Señor de 1340, cuando una viuda llamada Elvira -algunos aseguran que se llamaba Aldonza- decidió subir desde el valle siguiendo el curso del río Aguino. Buscaba un lugar donde volver a empezar sin que la persiguieran las voces del pasado.
Era primavera, pero en estas montañas la estación engaña: las orillas del río aún tenían hielo y la corriente bajaba fuerte, como si quisiera empujarla de vuelta. Ella siguió caminando, mojándose las botas, respirando el aire frío que corta la garganta. Dicen que al caer la tarde, cuando la sombra del Chagariechu cubría el cauce, vio lo que ningún otro ojo había visto antes ni después: un enjambre de luciérnagas tan gordas como su pulgar, flotando en la penumbra como brasas verdes.
La siguió sin pensarlo, como quien sigue un rezo que le enseñaron de niño. Las luces la guiaron hasta un roble viejo, tan ancho que tres hombres no podían rodearlo con los brazos. En su tronco había símbolos sagrados, más antiguos que las casas y que las iglesias del Valle, y a sus pies brotaba un manantial. Allí, junto al árbol y el agua, Aldonza levantó su choza, cercó un pequeño huerto y encendió un fuego que, según los Senda, nunca se apagó mientras ella vivió.
Sí, señoría. Ése es el roble que ha visto usted antes, en casa de Senda.
Para ellos es más que un árbol: es el altar donde empezó su historia. El agua que brota allí es su bendición, y las luciérnagas su señal. No hablan de amuletos de cobre ni de lobos sagrados; hablan de perseverancia, de la luz que aparece en la oscuridad y de la mujer que supo seguirla. Y así como los Ranca dicen que la montaña es suya por mandato del lobo, los Senda dicen que lo es porque su luz la hizo habitable.
Cada primavera, cuando las primeras luciérnagas vuelven a verse por el monte, los Senda recuerdan a Aldonza. No importa si las luces son más pequeñas o si el roble ha perdido ramas; para ellos, cada chispa en la noche es la prueba de que la bendición sigue viva, y de que su derecho a esta tierra es tan antiguo como la savia que sube por ese tronco¨.
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