Imagen: luciérnaga en San Martín de Don, 13 de junio de 2026.
Video (47¨) – Luciérnaga en el jardín de casa. San Martín de Don, 13 de junio de 2026.
En los primeros 20 segundos de este video, luciérnaga que vi en el monte de San Martín de Don el 11 de junio de 2026.
Ando por el pueblo.
El jueves de la semana pasada di un paseo nocturno por el monte y vi una luciérnaga, el sábado vi otra al lado de casa. Se trataba de una hembra adulta de Lampyris noctiluca, la luciérnaga común ibérica (el macho tiene alas).
En Kuala Lumpur y en Malasia también he visto luciérnagas, pero se comportan de manera diferente. Las asiáticas suelen pertenecer al género Pteroptyx y estas son las diferencias:
1.- Tipo de luz: esto es lo primero que me ha llamado la atención. En Kuala Lumpur si te acercas a una se apaga, esta del pueblo no. Las de San Martín de Don emiten una luz continua y fija, las de Kuala Lumpur producen una luz intermitente, parpadeante. (Luciérnaga en Kuala Lumpur)
2.- Morfología: es fácil distinguir un macho de una hembra en las luciérnagas del pueblo. El macho tiene alas, la hembra no. Las de Malasia, tanto machos como hembras tienen alas.
3.- Movimiento: la hembra ¨tobalinensis¨ se encuentra inmóvil en el suelo o en la hierba y emite luz para atraer a los machos. En el Sudeste Asiático ambos sexos vuelan y se agrupan en árboles. En su día hice un tour en Kuala Selangor (Malasia) para ver luciérnagas y fue un espectáculo. De hecho, ahora estoy leyendo una novela guapísima ambientada en Penang, Malasia (¨El don de la lluvia¨, de Tan Twan Eng), y dedican unos párrafos a esta maravilla. He transcrito los fragmentos al final de esta entrada, en azul.
4.- Comportamiento: la luciérnaga común ibérica es solitaria, ves una o dos por la zona. Sin embargo, en Malasia ves miles de ellas juntas, lo que es impresionante.
-------
No he podido resistirme a encender la luz del móvil para verla mejor.
Aunque no le infringes daño físico, no es buena idea porque:
1.- Se queda ¨ciega¨ temporalmente: tienen los ojos adaptados a la oscuridad más absoluta para poder captar el más mínimo destello. El fogonazo del flash a tan poca distancia la deslumbra por completo y tarda un buen rato en recuperar la visión nocturna.
2.- Se rompe el ¨hechizo¨ (y su reproducción): esa luz que emite es la forma de la luciérnaga de decir ¨¡aquí estoy!¨ a los machos. Al iluminarla con la linterna del móvil la hembra se asusta y por instinto, al pensar que hay peligro, apaga su brillo y se queda quieta, aunque esta vez no ha sido el caso. El macho no la ve y los que vuelan cerca pueden perder su rastro. Si tarda mucho en encenderse pierde una noche de emparejamiento, y teniendo en cuenta que las adultas viven muy pocos días, cada noche cuenta.
3.- La expongo a depredadores: al iluminar la zona de golpe no solo la veo yo, también la dejo expuesta ante cualquier depredador nocturno (arañas, pequeños reptiles) que pueden pasar por el jardín y de otro modo no la hubieran visto.
Así que mis disculpas a la señora luciérnaga y la próxima vez con más paciencia y menos emoción usaré el ¨modo noche¨ del teléfono, que con el móvil apoyado en una piedra y una exposición más larga seguro que capta guay la luz natural del bicho.
Me ha hecho ilusión ver estas luciérnagas porque es un bioindicador de salud ambiental. Estos insectos están desapareciendo en toda Europa debido a los pesticidas, pérdida de hábitats húmedos y sobre todo, la contaminación lumínica (las luces artificiales impiden que los machos vean a las hembras). Que queden luciérnagas en San Martín de Don es una excelente señal de la pureza y la salud ecológica del pueblo.
---------------------------
En el libro ¨El don de la lluvia¨, de Tan Twan Eng, se mencionan a menudo las luciérnagas y uno de los lugares donde se suelen ver es una parte importante de la trama. Transcribo aquí unos párrafos de esa novela, que es fantástica:
¨ Empujé el bote, que entró inmediatamente en la corriente del río. Mientras nos dejábamos llevar, oí su respiración silenciosa pero fatigada y me preocupó que la caminata hubiese sido demasiado para ella.
-¿Te encuentras bien? -le pregunté.
-Sí, muy bien -me contestó.
Metí los remos en el agua y ralenticé nuestro avance.
-Cierra los ojos -le pedí. Apagué la linterna y estudié el movimiento de las nubes. El viento las arrastraba por delante de la débil luna, filtrando gradualmente su luz desde el cielo y tiñendo la noche completamente de negro.
Cuando llegamos al sitio adecuado, ya bastante río abajo, le susurré:
-Ya puedes abrir los ojos.
Contuvo la respiración. Una fina capa de neblina se estaba levantando de la superficie del agua y, en los árboles, decenas de miles de luciérnagas emitían sus silentes señales de apareamiento, brillando como estrellas caídas del cielo. Nos vimos en medio de un frenesí de luz fragmentada. Oí que Michiko dejaba escapar un suspiro y sentí que su mano alcanzaba la mía. La aparté y giré suavemente la barca, manteniéndola en el mismo punto mientras, bajo nuestros cuerpos, el río fluía hacia el mar.
Me mojé los dedos y me quedé inmóvil, tratando de distinguir un patrón en el vuelo aleatorio de las luciérnagas, en la calma en movimiento que, según Endo-san, todo ser viviente posee. Estiré el brazo y una de ellas se quedó pegada a mi dedo, suspendido en el aire. Se la ofrecí a Michiko.
Ella la cogió con suma delicadeza. El insecto yacía en la palma de su mano con las alas húmedas adheridas a su piel. La luz que emanaba parecía palpitar al ritmo de los latidos del corazón de Michiko y emitir un débil resplandor en su rostro, que se le reflejaba en los ojos.
Cuando alzó la cara, los tenía llenos de lágrimas.
-¿Cómo lo sabías? -me preguntó.
-Una vez Endo-san me contó que solía ir al río que pasaba cerca de su casa a contemplar las luciérnagas. Iba a menudo con una amiga, y esta noche tuve el fuerte presentimiento de que tú eras la amiga a la que se refería con tanto cariño.
Entonces, se sopló suavemente en la mano para secar a la luciérnaga, que salió volando hacia el tropel de lucecitas parpadeantes que se arremolinaban a nuestro alrededor.
-No veía tal número de hotaru desde hacía mucho tiempo -afirmó-. Volví al río que había cerca de mi casa unos años después de la guerra, pero las luciérnagas habían desaparecido por completo, como barridas por una terrible tormenta.
Remé hacia la orilla y dejé que el bote encallara suavemente en la ribera debajo de un dosel de ramas repletas de gotitas de luz. Me recliné en el bote.
-Mi padre me habló de este lugar. Hasta entonces, no lo conocía.
Michiko se quedó callada durante un rato y me pregunté si se habría quedado dormida. La barca crujía al mecerse para dejar pasar la corriente del río. Estar allí, simplemente sentado en la oscuridad, rodeado del torbellino de lucecitas de cuento de hadas, te inundaba de calma, aunque las luciérnagas se estuvieran comunicando las unas con las otras sin emitir sonido alguno.
Yo mismo sentí que daba cabezadas, pero entonces, ella habló.
-Seguro que conoces el cuento del niño pastor de China que era demasiado pobre para comprar velas con las que estudiar por la noche.
-Lo he oído -contesté-. Llenaba una bolsa de tela blanca de luciérnagas y utilizaba la luz que emitían para hacerlo, ¿no?
-Sí. Fue Endo-san el que me lo contó. Lo había oído en sus viajes a Cantón.
-Yo se lo oí contar a mi madre cuando era muy pequeño. También nos contó que el pastor siempre las liberaba a la mañana siguiente y que, por la noche, atrapaba otras diferentes -le dije, intentando hacer memoria-.¨
[…]
¨-Cuando estabas sentado tan quieto intentando atrapar una luciérnaga para mí, me recordaste mucho a Endo-san. Él podía permanecer sentado tan inmóvil como la estatua del buda de Kamakura¨.
[…]
¨Le toqué la mano con la suavidad de una luciérnaga que se posara en su piel. Luego, recogí los remos y llevé el bote de nuevo hasta el centro del río para dejarnos arrastrar lentamente hasta el mar. Fuimos flotando agua abajo por entre árboles colmados de luciérnagas encendidas, hasta que se fueron desvaneciendo y nos vimos de nuevo en la oscuridad, guiados tan solo por el olor cada vez más intenso a mar y por la tenue luz de la luna¨.
[…]
Ser consciente de ello me estremeció. ¿Era porque durante todo aquel tiempo había estado mandando señales silenciosas que los demás eran incapaces de detectar o descifrar y, por tanto, no podía suscitar la respuesta que quería? Hasta las luciérnagas, que no tenían voz, conseguían emitir mensajes y recibir respuesta.
Una mano me tocó el brazo y yo parpadeé y detuve mis pensamientos… Un pescador sacando sus redes de arrastre del mar. Vi la cara de Michiko tensa de preocupación.
-Te he llamado dos veces pero no me contestabas.
-Estaba muy lejos -le dije.
Admitir aquello no me supuso ningún esfuerzo.
-Pasa cada vez más a menudo a medida que nos hacemos mayores, ¿verdad? -dijo-. María quiere que sepas que el almuerzo está listo. Ella no va a esperar.
Cuando salimos de mi habitación, añadió:
-No te he dado las gracias por llevarme anoche al río. Ver las luciérnagas me trajo muchos recuerdos.
-Lamento que también te trajeran dolor. No era esa mi intención.
Ella negó con la cabeza.
-He aprendido a vivir con eso. ¿Quién puede mirar atrás y decir realmente que todos sus recuerdos son buenos? Tener recuerdos, buenos o malos, es una bendición, pues demuestran que hemos vivido sin reservas, ¿no crees?
No esperó mi respuesta, sino que se dio media vuelta y bajó las escaleras¨.
[…]
¨-Nunca te he enseñado el río que hay cerca de casa, ¿verdad?
-Creo que sé dónde está -dije.
No era uno de mis habituales refugios solitarios. Prefería el mar. Mi padre me reveló entonces lo especial que era aquel sitio, lo que nunca había sabido.
-Era nuestro escondite secreto, el lugar tranquilo al que escapábamos cuando las cosas nos superaban -me dijo-. Siempre íbamos al atardecer, guiados por la fragancia del frangipani que ella plantó allí. Remábamos río abajo, ella se echaba en mis brazos y esperábamos en nuestra barca a que aparecieran las luciérnagas en los árboles que bordean la orilla. Había miles de ellas iluminando la oscuridad, mostrándonos el camino.
Me imaginé la escena, dos amantes completamente atípicos intentando encontrar su lugar en el mundo, rodeados por una barrera protectora de luz.
-Unas semanas después de que nos casáramos, llegué tarde a casa una noche. Todo estaba a oscuras. Corrí hacia el interior, convencido de que algo horrible había sucedido.
-¿Qué había sucedido? -pregunté.
Desde que tenía memoria, siempre había habido una luz encendida en Istana por la noche y era difícil imaginar la silueta de su gigantesca estructura indefinible recortada contra el cielo oscuro.
-Me estaba esperando con una vela en la mano. Se llevó un dedo a los labios y me condujo hasta nuestra habitación en el piso de arriba. Cuando llegamos al umbral, apagó la vela y abrió la puerta. No podía creer lo que estaba viendo -dijo con la voz convertida ya en un susurro.
»Había dejado caer las mosquiteras sobre la cama para cubrirla por completo. Y, en la oscuridad, entre los pliegues de la mosquitera, había cientos de luciérnagas que había capturado en el río.
Entonces calló, incómodo, pero al ver la expresión de comprensión y curiosidad en mi cara y, después de un corto silencio, añadió:
-Pasamos la noche bajo una lluvia de luz. Fue la noche en la que te concebimos.
Me recosté en la silla y dejé escapar un largo suspiro, intentando ocultar las lágrimas que, al igual que ocurre con la marea que se queda atrapada formando charcos entre las rocas, me habían inundado los ojos. Sin embargo, cuando alcé la vista hasta él, vi que los ojos que yo había heredado también estaban empañados.
-A la mañana siguiente, capturó todas las luciérnagas, las metió en tarros de cristal y las devolvió al río -dijo, con voz forzada, aunque una sonrisa triste que indicaba lo muchísimo que echaba de menos a mi madre y sus excentricidades apareció en su cara¨.
[…]
¨Aquella noche en el río habíamos compartido algo especial; sentí como si las luciérnagas hubiesen iluminado una parte de mi vida que siempre había permanecido sumida en la oscuridad¨.
[…]
¨-Él la quiso con locura, de eso no te quepa duda -le aseguré.
En aquel instante me vino a la mente la imagen de unas luciérnagas destellando en la oscuridad¨.
[…]
¨-Debo marcharme durante un tiempo -le dije-. Para ver al abuelo… y para arreglar las cosas.
-Lo sé. Tarde o temprano todos tenemos que hacerlo -respondió. Y lo siento.
Le dije que no entendía lo que intentaba decirme.
-Prometí que te llevaría al río, donde tu madre y yo encontramos las luciérnagas. Y nunca lo hice.
-No importa. Podemos ir después de la guerra y me las enseñarás entonces -propuse-¨.
[…]
¨Pesaba bastante y necesité toda mi fuerza para abrir la tapa haciendo palanca. En el interior, envueltas con capas de hule, estaban las ocho keris de la colección de mi padre. Todas en buenas condiciones, salvo por una fina capa de óxido en las hojas. Saqué la keris que Noel le había comprado al sultán depuesto y la expuse a un rayo de sol. Los diamantes de la empuñadura reflejaron la luz fragmentada en los árboles y fue como si hubiese luciérnagas revoloteando entre ellos, compitiendo por el resplandor del día¨.